Este domingo la protagonista es Ella, la madre de Jesús. Ningún
domingo deja de ser Cristocéntrico más que éste. Por eso en las Eucaristías de
este fin de semana he invitado a revisar cómo es nuestra relación con María. Yo
de pequeño era más mariano que cristiano. Mi amor por ella era
desproporcionado. Con la madurez en la fe María ha ocupado el lugar que le
corresponde en la vida cristiana. Y he pasado a pedir su intercesión casi
siempre y a buscar en ella un modelo de discipulado. A esta madurez en la
devoción mariana trato de llevar a los que acompaño, no siempre sin problemas.
En María hoy contemplamos a una mujer que se pone en camino para
ayudar a su pariente que espera un hijo. Podemos ver en ella un modelo de
servicio. La “Madre de mi Señor” se pode al servicio de Isabel que se siente
indigna de su presencia en su casa. Pero María hace algo más. Lleva en su seno
a Jesús y cuando llega a aquella casa de las montañas todo se inunda de
alegría, una alegría que se contagia hasta el niño que hay en su seno. María es
portadora de Jesús y contagiadora de alegría. Es precioso cuando nosotros
hacemos lo mismo, cuando ayudamos a que otros se encuentren con Jesús y se
inunden se la alegría de su presencia. Y eso, misteriosamente, no siempre es
cuando nosotros “estamos alegres”. A veces somos instrumentos de consuelo en
plena tribulación, porque no es contagio de emociones, es obra del Espíritu
Santo.
Otro aspecto que prediqué ayer con adolescentes es la alegría en
estéreo. Si buscamos sólo la alegría del cuerpo nos quedamos a media. El placer del cuerpo es bueno pero no es un fin
en sí mismo. A veces el cuerpo tiene que dejar de gozar de modo inmediato para
alcanzar un gozo mayor y duradero. El gozo del que hablaba antes, el gozo del
alma, que cuando es verdadero se hace emoción. Sentimos un escalofrío, sube la
temperatura, lloramos… Lo que sentimos a veces al comulgar, cuando en nuestro
cuerpo acogemos como María al Salvador. Feliz día y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.
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