Este Domingo de Adviento es el domingo de la alegría. Porque alégrate es la palabra que más se
repite en las lecturas. Se supone que la Navidad es un tiempo alegre. Digo se
supone porque depende de la alegría de la que estemos hablando.
La alegría
de la que nos hablan las lecturas es una
alegría creyente, es la alegría fruto de estar Dios en medio de nosotros. «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.» El
pueblo de Israel recibía el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Yahvé,
en medio de gritos de júbilo. En el templo o en el campo de batalla. Como Rey y
como guerrero. ¿Cómo no se va a desbordar la alegría si Dios se encarna, se hace
uno de nosotros? Y ya lo inimaginable,
¿cómo no va a haber alegría en mí si estoy habitado por Dios? El en medio de
ti, es para nosotros una realidad mucho más densa, cualitativamente mayor que
la presencia gozosa de Dios en medio de su pueblo. En el centro de mi ser, de
mi alma está Dios.
Esto es posible porque el que viene detrás de
Juan bautiza con el Espíritu Santo. Él
hace posible esa presencia de Dios en cada uno de nosotros. Un fuego que se
enciende en el bautismo y que hay que cuidar que no se apague. Un fuego, si no
le añadimos leña periódicamente, no subsiste. Cuantos bautizados no sienten
nada, están fríos, porque no han cuidado ese fuego, su relación con Dios. Siempre
queda un rescoldo debajo de las cenizas. Siempre se puede empezar de nuevo y
volver a encender. En el Jubileo que acabamos de empezar, trataremos de ayudar
a que estos descubran esas ascuas del espíritu y se decidan a avivar el fuego.
Cuidemos ese fuego que hay en medio de nosotros, esa relación íntima con Dios. Feliz
Domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.
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