Al leer este evangelio e imaginar la escena de
poner en medio un niño, recuerdo un post que leí hace unos días. Se titulaba: “Y
Jesús puso en medio a Aylan”. Este es el niño que apareció ahogado en la playa. (La Imagen de Fano también lo recoge). No sé vosotros, pero aquellas imágenes me hacían llorar. El sufrimiento de los
niños siempre nos toca muy adentro. Los niños nos salvan de la frialdad y la
indiferencia ante la tragedia de los refugiados. Como aquel que decía: “please
help Siria”. En un mundo donde se le
niega la existencia a más de 100.000 niños al año, donde la natalidad es
controlada fríamente (no digo que no se tenga que hacer con responsabilidad)
según los intereses laborales, la hipoteca y los planes de ocio, nos remueve
las tripas que los niños sean los primeros. Y Jesús es muy claro: acogiéndolos a ellos lo acogemos a ÉL.
Jesús sigue instruyendo a sus más íntimos. Trata de hacer que comprendan que su
mesianismo no es lo que ellos esperan. Él va a correr la suerte del justo que
estorba y es quitado de en medio pero, como dice la primera lectura, palabras
que Jesús sabía de memoria y oraba con ellas “tengo quien se ocupe de mí”.
Jesús sabe que la cruz no es un camino de fracaso sino de triunfo. Se
identifica perfectamente con la AUDACIA del Siervo de Yahvé. El mundo no cambia
desde arriba, desde el poder. El Papa que comenzó sus viajes con los
inmigrantes de Lampedusa hablará esta semana en la ONU delante de los
poderosos. Francisco se siente más a gusto comiendo en un albergue de transeúntes
pero aprovechará la ocasión para recordarles quienes son los primeros.

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