sábado, 4 de mayo de 2013

SEMANA SEXTA PASCUA CICLO C DOMINGO


Nada más comenzar la era apostólica empezaron los problemas. Algunos discípulos que procedían de los fariseos defendían  que sin ser judío y cumplir toda la ley de Moisés no había salvación. Estos no habían comprendido lo que significa la “Gracia”, la gratuidad del amor de Dios que se ofrece a la humanidad entera en Jesucristo. El texto de la primera lectura es un resumen de todo el problema, es el planteamiento y la solución final. Si leemos lo que falta, el debate que se vivió en Jerusalén escucharemos a Pedro decir: «¿Por qué provocáis a Dios ahora , imponiendo a esos discípulos una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús».

Jesús prometió la asistencia del Espíritu Santo a sus discípulos: «el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».  El Espíritu Santo es el que guía a la Iglesia y no la abandona. Hace unos meses hablaba en Roma con un sacerdote que fue profesor mío en Salamanca y nos hablaba en clase de los reflujos del Concilio Vaticano II. Le mostraba mi preocupación por ese ambiente que se respiraba (aún se respira) de volver al pasado, y no sólo en las formas (el latín, las vestiduras litúrgicas, las sotanas…) también en el gobierno. Él me decía que la renovación del Concilio no hay quien la pare. Y lo vemos, por lo menos eso es lo que percibimos con el nuevo Obispo de Roma, sucesor del mismo Pedro que zanjó que no hay que imponer más cargas que las indispensables.

Creo que a fuerza de imponer cargas y normas hemos tapado la gracia y la frescura del Evangelio se ha quedado en segundo plano. Cuando se mira a la Iglesia, como cuando se mira a un cuadro, no se percibe e primer plano la alegría de la fe. No se percibe esa belleza de la Iglesia esa ciudad preciosa que baja del cielo como la contemplaba San Juan en la Isla de Patmos. Las palabras de Jesús que hay que guardar no son muchas y son liberadoras. La Iglesia no puede ser una losa que se te cae encima. Por el cumplimiento de normas no se llega a vivir la comunión eclesial. Sólo el que experimenta que Dios lo habita llega a comprender lo que significa ser piedra viva de la nueva Jerusalén.  Pintemos un cuadro que refleje lo que la Iglesia es, su belleza y su sencillez y que no tiemble nuestro corazón, el Espíritu Santo es el alma de este Pueblo. Feliz fin de semana y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí. 

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