Nada más comenzar la era apostólica empezaron los
problemas. Algunos discípulos que procedían de los fariseos defendían que sin ser judío y cumplir toda la ley de
Moisés no había salvación. Estos no habían comprendido lo que significa la “Gracia”,
la gratuidad del amor de Dios que se ofrece a la humanidad entera en
Jesucristo. El texto de la primera lectura es un resumen de todo el problema,
es el planteamiento y la solución final. Si leemos lo que falta, el debate que
se vivió en Jerusalén escucharemos a Pedro decir: «¿Por qué provocáis a Dios ahora
, imponiendo a esos discípulos una carga que ni nosotros ni nuestros padres
hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos
por la gracia del Señor Jesús».
Jesús prometió la asistencia del Espíritu Santo a
sus discípulos: «el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi
nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he
dicho». El Espíritu Santo es el que guía a la Iglesia
y no la abandona. Hace unos meses hablaba en Roma con un sacerdote que fue
profesor mío en Salamanca y nos hablaba en clase de los reflujos del Concilio
Vaticano II. Le mostraba mi preocupación por ese ambiente que se respiraba (aún
se respira) de volver al pasado, y no sólo en las formas (el latín, las
vestiduras litúrgicas, las sotanas…) también en el gobierno. Él me decía que la
renovación del Concilio no hay quien la pare. Y lo vemos, por lo menos eso es
lo que percibimos con el nuevo Obispo de Roma, sucesor del mismo Pedro que
zanjó que no hay que imponer más cargas que las indispensables.
Creo que a fuerza de imponer cargas y normas
hemos tapado la gracia y la frescura del Evangelio se ha quedado en segundo
plano. Cuando se mira a la Iglesia, como cuando se mira a un cuadro, no se
percibe e primer plano la alegría de la fe. No se percibe esa belleza de la
Iglesia esa ciudad preciosa que baja del cielo como la contemplaba San Juan en
la Isla de Patmos. Las palabras de Jesús que hay que guardar no son muchas y
son liberadoras. La Iglesia no puede ser una losa que se te cae encima. Por el
cumplimiento de normas no se llega a vivir la comunión eclesial. Sólo el que
experimenta que Dios lo habita llega a comprender lo que significa ser piedra
viva de la nueva Jerusalén. Pintemos un
cuadro que refleje lo que la Iglesia es, su belleza y su sencillez y que no
tiemble nuestro corazón, el Espíritu Santo es el alma de este Pueblo. Feliz fin
de semana y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.

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